Amalia

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—Los papeles, eso es lo que yo quiero.

—Muy buen provecho le hagan a usted, amiguito mío; pero me parece que ellos, y la carabina de Ambrosio, han de valer lo mismo.

—Para los militares, puede ser; para los escritores, no —contestó el joven de los papeles, algo picado.

—¡Pues! Y como vamos a deber a los escritores la caída de Rosas, justo es que ellos continúen la obra —repuso con aire burlón el que lo tenía de militar.

—Puede ser que no se equivoque usted.

—¡Por supuesto! Un cañonazo de gacetas haría un estrago terrible en el campamento de Rosas.

—Eso ya es personal, caballero.

—Pero, señores, por amor de Dios —dijo otro que no había hablado todavía— ¿es posible que no podamos estar juntos cuatro argentinos, sin que nos pongamos en anarquía? ¿Todavía no hemos vencido a Rosas, y ya nos ponemos a disputar sobre si el elemento militar ha sido más poderoso para derrocarlo que la propaganda literaria?

—Es que…

Un golpe en la puerta interrumpió la respuesta y llamó la atención de todos, mientras se fue a abrir, porque se había llamado del modo convenido.

Un instante después, Daniel y Eduardo estaban rodeados de los diez personajes que allí había.


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