Amalia
Amalia Los dos jóvenes venían de poncho y con grandes divisas federales en el sombrero. Pero ambos, y más especialmente Daniel, tenían en su rostro una expresión de dolor y de despecho, marcada por el pincel de la Naturaleza con toda la verdad y la elocuencia de sus obras maestras. Se leía, puede decirse, en la cara de aquellos jóvenes, todo cuanto pasaba en su alma en ese instante. Y tanto, que el presunto invasor a los papeles de Rosas no pudo contenerse y les dijo:
—La cara de cada uno de ustedes es un boletín de Rosas, en que nos da cuenta de la derrota de Lavalle.
—No —contestó Daniel—. No, Lavalle no ha sido derrotado. Es más que esto.
—¡Diablo! El más no se me había ocurrido hasta ahora —repuso otro.
—Y, sin embargo, así es —replicó Daniel.
—Pero explicaos, con mil santos —exclamó el defensor de los militares.
—Nada más fácil, amigo mío —contestó Daniel.
Y prosiguió:
—Lavalle ha emprendido su retirada a las seis de la tarde de hoy, desde Merlo. Y a mi juicio esto importa la derrota de nuestra causa por muchos años, cosa que es de más importancia, sin duda, que la derrota de un ejército.