Amalia

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—Señor Bello —dijo el astuto inglés—, ya no agradezco a usted tanto su visita, porque esta noche me quitará usted un par de horas de sueño, haciendo algunos apuntes para mí solo. Y para ir desterrando el sueño, tomaremos un poco de vino —y él mismo sirvió de unas botellas colocadas en una mesa, y los tres, después de tomar un poco de jerez, se pusieron a pasear de uno a otro extremo de la sala, con esa respetuosa familiaridad de los hombres de buen tono que ni se quedan atrás ni van más adelante de lo que es debido.

—Yo acepto el vino, pero no los apuntes —le había contestado Daniel.

—¿Me explica usted eso, mi querido señor Bello?

—Nada más fácil, señor Mandeville: en esta época no pueden hacer apuntes sino los ministros extranjeros. Nadie está libre de un enemigo, de una calumnia ¡qué sé yo! ¡Qué feliz es usted, señor Mandeville! Vivir en esta casa es como estar en Inglaterra.

—Son inmunidades recíprocas. La Legación Argentina es la República Argentina en Londres.

—¿Y sabe usted que me sorprende una cosa, señor Mandeville? —dijo Daniel parando sus pasos y mirando al ministro con una fisonomía la más sorprendida posible.

—¿Qué cosa, señor Bello?


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