Amalia

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—¡Ah, ya yo decía! ¡Cuando se trata del servicio de la causa; ojalá todos fuesen como usted! Y eso mismo le decía ayer al presidente; porque, si hemos de andar paso a paso, como el jefe de policía, es mejor que lo digamos claro, y no andemos engañando al Restaurador. Por mi parte, comandante, yo ya ni sé lo que es dormir. Toda la noche me he pasado con este hombre cerrando Gacetas para mandar a todas partes el entusiasmo de los federales. Y hace poco el señor —y Daniel señalaba a don Cándido, quien, poco a poco, iba volviendo en sí al saber que Cuitiño había venido por llamado de Daniel—, me observaba una cosa en que ya ha de haber usted caído, comandante.

—¿Qué cosa, don Daniel?

—Que vea si La Gaceta dice una palabra de usted, ni de los federales que exponen su vida a todas horas, por sostener la causa.

—¡Conque ni ponen los partes siquiera!

—¿A quién los dirige, comandante?

—Ahora los dirijo a la policía, desde que el Restaurador está en el campamento. Demasiado que me fijo, señor don Daniel, y este hombre tiene mucha razón.

—Oh, señor comandante —dijo don Cándido— ¿quién no ha de extrañar el silencio que se guarda con un hombre de los antecedentes de usted?

—Y que no son de ahora.


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