Amalia

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—¡Por supuesto que no son de ahora! —repuso don Cándido—. Desde antes de nacer ya era usted acreedor al aprecio del público, porque el señor Cuitiño, padre de usted, pertenece a uno de los troncos más antiguos de nuestras respetables familias. Uno de los ilustres tíos de usted, mi benemérito señor comandante, fue casado, según lo he oído a mis mayores, con una de las primas de mi señora madre; por lo cual siempre he tenido por usted simpatías de pariente, a la vez que nos ligan los estrechos y federales lazos de nuestra causa común.

—¿Entonces usted es mi pariente? —le preguntó Cuitiño.

—Pariente y muy cercano —le respondió don Cándido—. Una misma sangre corre por nuestras venas, y nos debemos cariño, estimación y protección recíproca, por la conservación de nuestra sangre.

—Vaya, pues, si en algo puedo servirlo.

—¿Conque, comandante —dijo Daniel, interrumpiéndolo para que don Cándido no acabara por revelarse más—, conque ni los partes les publican?

—No, señor. Ahora mismo acabo de pasar el parte sobre el salvaje unitario Salces, y no lo han de publicar.

—¿Salces?

—Sí, pues; el viejo Salces. Ahora mismo lo acabamos de degollar.


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