Amalia
Amalia Don Cándido cerró los ojos.
—Estaba en la cama —continuó Cuitiño—, pero de allí no más lo sacamos, y lo degollamos en la calle. El otro día pasé el parte, también, cuando degollamos al tucumano Lamadrid. El jueves pasado, degollamos a Sañudo, y a siete más, y tampoco han publicado esos partes. Por lo que hace a mí, tiene razón mi primo…, ¿cómo se llama?
—Cándido —contestó Daniel, viendo que el dueño de ese nombre no parecía estar dueño de su vida.
—Pues decía que tiene razón mi primo Cándido; y que ahora cuando empiece la cosa en grande, no voy a dar cuenta a nadie.
—¡Y qué! ¿Recién está por empezar? —preguntó don Cándido con una voz que parecía salida, no de un pecho, sino de un sepulcro.
—Sí, pues. Ahora va a empezar lo bueno. Ya tenemos la orden.
—¿Directamente la ha recibido, comandante?
—Sí, señor don Daniel. Yo ya no me entiendo sino con el Restaurador. No quiero saber nada con doña María Josefa.
—¡Mire que lo ha molido!
—Ahora se ha agarrado con Gaetán y Badía y Troncoso; y siempre dale con Barracas; y siempre con aquel salvaje que se escapó, como si ya no estuviera con Lavalle.