Amalia
Amalia —Todavía no —dijo el soldado, entrando por la puerta de la sala que daba al zaguán, bañado el rostro y el pecho en la sangre que salía a ríos de un hachazo que había recibido en la cabeza, y tirando, al mismo tiempo que decía esas palabras, la espada de Eduardo, que vino a caer cerca del grupo que formaban todos en el gabinete, delante de la barricada improvisada por Daniel; y mientras que con el brazo izquierdo se limpiaba la sangre que le cubría los ojos, con la derecha, donde tenía su sable, trataba de cerrar la puerta de la sala.
La pluma, el pensamiento mismo, no puede alcanzar todos los accidentes de esta escena, en todo su movimiento súbito y veloz.
La voz de Eduardo que decía a su esposa asida de su brazo y su cintura:
—Nos pierdes, Amalia, déjame, pasa a la sala —no se oía entre el ruido y la grita infernal que venía del patio del tocador, y de aquellos que entraban al aposento, y de los cuales uno había caído a los pistoletazos de Eduardo.
El cristal de los espejos del tocador saltaba hecho pedazos a los sablazos que pegaban sobre ellos, sobre los muebles, sobre los vidrios de las ventanas, sobre las lozas del lavatorio, en cuanto había, siendo estos golpes acompañados de una gritería salvaje, que hacía más espantosa aquella escena de terror y de muerte.