Amalia
Amalia A los tiros de Eduardo, los que invadieron la alcoba habían unos retrocedido algunos pasos, otros, parádose súbitamente, sin avanzar hacia las mesas y las sillas caídas delante de la puerta. Pero dos hombres se precipitaron en aquel instante en el aposento.
—¡Ah, Troncoso y Badía! —gritó Daniel arrojando otra silla, parándose contra el perfil de la puerta, y sacando de su pecho aquella arma con que había salvado a su amigo en la noche del 4 de mayo; única que llevaba, y que era impotente en la desigual lucha que iba a trabarse.
Y cuando aquellos dos hombres se precipitaban como dos demonios, el uno con una pistola en la mano, y el otro con un sable, Eduardo alzó a Amalia por la cintura, la llevó, la dejó sobre un sofá de la sala y tomó la espada que le acababa de tirar Pedro. Y a éste, que venía de echar a la puerta de la sala el débil pasador que la cerraba, y quería hacer un esfuerzo para seguir a Eduardo al gabinete, le faltaron las fuerzas a los dos pasos, las piernas se le doblaron, y cayó, temblando de furor, delante del sofá en que quedó la joven. Allí se abrazó de sus pies, bañando con su sangre generosa a aquella criatura, a quien todavía quería salvar, oprimiéndola para que no se moviese.