Amalia
Amalia Entretanto, el rayo no cae más rápido ni mortífero que el sable de Eduardo sobre la cabeza del bandido más cercano a la mesa y las sillas caídas, entre los diez o doce que, a la voz de sus jefes, asaltaban aquel débil obstáculo.
Y al mismo tiempo, Daniel alcanzaba al hombro de otro y le dislocaba el brazo de un golpe seco de su casse-tête.
—¡Tómale el sable! —le gritó Eduardo; mientras que Pedro, haciendo esfuerzos por levantarse, sin poderlo conseguir, porque estaba mortalmente herido en el pecho y la cabeza, sólo tenía fuerzas para oprimir los pies de Amalia, y voz para estar repitiendo a Luisa, abrazada también de su señora:
—¡Las luces, apaguen las luces, por Dios!
Pero Luisa no lo oía, y si lo oía no quería obedecerlo, porque temblaba de quedarse a oscuras, si posible era sentir más terror que el que la dominaba.