Amalia
Amalia —Creo haber dicho a Vuestra Excelencia que están terminadas, hasta cerradas, desde ayer, y sólo me faltan algunas cartas particulares.
—No hablo de cartas.
—Si Vuestra Excelencia se dignase explicarme…
—Yo creo que la obligación de usted es informar fielmente y con datos verdaderos al gobierno de Su Majestad, sobre la situación en que quedan los negocios del Río de la Plata a la salida del paquete para Europa. ¿No es así?
—Exactamente, Excelentísimo señor.
—Pero usted no ha podido hacerlo, porque carece de aquellos datos.
—Yo hablo a mi gobierno de las cuestiones generales de los sucesos públicos, pero no puedo informarle de actos que pertenezcan a la política interior del gabinete argentino, porque me son totalmente desconocidos.
—Eso es muy cierto, ¿pero sabe usted bien lo que valen esas cuestiones generales, señor Mandeville?
—¿Lo que valen? —dijo el ministro repitiendo la frase para dar un poco de tiempo a sus ideas y no aventurar una respuesta, pues Rosas iba ya pisando su terreno habitual, es decir, el campo de las ideas sólidas y desnudas de palabreo, con quienes se iba a fondo sobre el espíritu de los otros, cuando discutía alguna materia grave, o cuando quería domeñar su inteligencia con golpes súbitos y recios.