Amalia
Amalia —¡Qué quiere usted! ¡El entusiasmo! ¡Las ofensas recibidas! Pero, qué… ¡Yo soy incapaz de hacerlo! ¿Y la carta la conserva usted, tunante? —preguntó de nuevo doña Marcelina, haciendo un notable esfuerzo para sonreírse.
—Ya le he dicho a usted que tomé esa carta para librarle de un peligro.
—Pero usted debió romperla.
—Y habría hecho una inaudita bestialidad.
—¿Pero para qué la conserva usted?
—Para tener un documento con que hacer valer el patriotismo de usted, si alguna vez sufren un cambio las cosas. Yo quiero que los servicios que suele prestarme sean bien recompensados más tarde.
—¿Para ese solo objeto la guarda usted?
—No me ha dado usted motivos hasta ahora de mudar la idea —respondió Daniel, marcando pausadamente sus palabras.
—¡Ni los daré jamás! —exclamó la pobre mujer, descargando sus pulmones de una inmensa columna de aire que se había comprimido en ellos durante la conversación de la carta, que era su pesadilla diaria.
—Así lo creo. Y ahora vamos a lo que tenemos que hacer. ¿Ha visto usted a Douglas?
—Hace tres días que lo vi. Anteanoche embarcó a cinco individuos, de los cuales dos le fueron proporcionados por mí.