Amalia
Amalia —Tiene usted razón, y yo la tengo también. Fui a su casa para entregarle una carta que debía llevar usted a donde yo se lo indicase. Le pedí un tintero para poner la dirección de la carta; a ese tiempo llamaron a la puerta; me dijo usted que me ocultase en la alcoba y que en la mesa hallaría un tintero; lo busqué sin hallarlo, abrí el cajón y…
—Usted no debió haber leído lo que allí había, picaruelo —dijo, interrumpiéndolo, doña Marcelina, con un tono cada vez más cariñoso, que tomaba siempre cuando Daniel hablaba de este asunto, cosa que sucedía cada vez que se veían.
—¿Y cómo resistir a la curiosidad? ¡Periódicos de Montevideo!
—Que me mandaba mi hijo, como se lo he dicho a usted.
—¡Sí, pero la carta!
—¡Ah, sí, la carta! Por ella me habrían fusilado sin compasión estos bárbaros. ¡Qué imprudencia la mía! ¿Y qué ha hecho usted de esa carta, mi buen mozo, la conserva usted siempre?
—¡Oh! ¡Eso de decir usted que les había de cortar la trenza a todas las mujeres de la familia de Rosas cuando entrase Lavalle, eso es muy grave, doña Marcelina!