Amalia

Amalia

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—Muy bien. Hoy tiene usted que volver a verlo.

—¿Hoy?

—Ahora mismo.

—Iré en el acto.

Daniel pasó a su escritorio, levantó su tintero de bronce, tomó la carta que había escrito y guardado debajo de él la noche anterior, púsole en seguida una nueva cubierta y, tomando una pluma, volvió a su aposento.

—Ponga usted el sobre de esta carta.

—¿Yo?

—Sí, usted; a míster Douglas.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Ya está —dijo la tía de todas las sobrinas, después de haber escrito aquel nombre, sirviéndole de mesa su maciza rodilla.

—Irá usted a lo de míster Douglas, le hablará a solas y le entregará esa carta de mi parte.

—Así lo haré.

—Guarde usted la carta en el seno.

—Ya está. No tenga usted el mínimo cuidado.

—A otra cosa.

—Lo que usted ordene.

—Necesito estar solo en casa de usted, mañana o pasado mañana a la tarde, por media hora solamente.


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