Amalia
Amalia —Por el tiempo que usted quiera. Saldré con las muchachas a pasear; pero ¿y la llave?
—Hoy mismo hará usted hacer otra igual, y me la mandará mañana temprano determinándome el día y la hora en que saldrá usted; prefiero que sea a la oración, porque quiero evitar que me vean.
—¡Oh, la calle de mi casa es un desierto! Sólo en verano, como está la casa a media cuadra del río, suele pasar alguna gente a bañarse.
—Quiero también que deje usted abiertas las puertas interiores.
—Hay poco que robar.
—Algún día habrá más. No exijo de usted sino discreción y silencio; la menor imprudencia, sin costarme a mí un cabello, le costaría a usted la cabeza.
—Mi vida está en manos de usted hace mucho tiempo, señor Don Daniel; pero aunque así no fuera yo me haría matar por el último de los unitarios.
—Aquí no se habla de unitarios, ni yo le he dicho a usted nunca lo que soy. ¿Está usted informada de todo?
—No hay dos que tengan la memoria que yo —respondió doña Marcelina, que se hallaba algo turbada por el tono tan serio con que Daniel acababa de hablarle.
—Bien, hágase usted cargo de que le he enseñado un trozo de versos, y despidámonos.