Amalia
Amalia Don Felipe Arana, que tenía grande respeto a los talentos de Daniel, a quien más de una vez consultaba sobre alguna redacción de fórmula, o alguna traducción del francés, cosas ambas de muy grave importancia y de no menor dificultad para el señor ministro de Relaciones Exteriores, había consentido en aceptar un consejo de Daniel, con la candidez que le era característica, y con aquella inocencia que empezó a revelarse en él desde el año de 1804, en que se afilió en la Hermandad del Santísimo Sacramento, y cubierto con su pelliza de terciopelo punzó, y con la campanilla en la mano, marchaba delante de la custodia, cuando en el primer domingo de cada mes salía de la Santa Iglesia Catedral la procesión que se llamaba de la Renovación, por ser el día en que se renovaba la hostia consagrada.
Y aquella aceptación de aquel consejo iba a convertirse en un árbol de excelentes frutos para aquel joven, a quien sólo faltaba apoyo para ser uno de los actores principales del drama revolucionario por que pasaba el pueblo de Buenos Aires, y en cuya cabeza, a pesar de su aislamiento, se desenvolvía, después de algunos meses, un plan todo él de conspiración activa contra Rosas, que irá conociéndose más tarde, a medida que los acontecimientos sobrevengan; como dentro de poco habrá ocasión también de saberse algo sobre esa tan importante concesión que acababa de conseguir de don Felipe Arana.