Amalia
Amalia Y entretanto, diremos que Daniel había doblado por la calle de la Reconquista, y caminaba con ese aire negligente, pero elegante, que la Naturaleza y la educación regalan a los jóvenes de espíritu y de gustos delicados, y que los elegantes por artificio no alcanzan a reproducir jamás. Con su levita negra abotonada, y sus guantes blancos, en la edad más bella de la vida de un hombre, y con su fisonomía distinguida, y ese color americano que sirve a marcar tan bien las pasiones del alma y la fuerza de la inteligencia, Daniel era acreedor muy privilegiado a la mirada de las mujeres y a la observación de los hombres de espíritu, que no podían menos de reconocer un igual suyo en aquel joven en cuyos hermosos ojos chispeaba el talento, y que revelaba la seguridad y la confianza en sí mismo, propiedad exclusiva de las organizaciones privilegiadas, en su aire medio altanero y medio descuidado.
Llegado a la calle de la Reconquista, nuestro joven no tardó mucho en pisar la casa de la bien amada de su corazón.