Amalia

Amalia

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De pie, junto a la mesa redonda que había en medio del salón, y sus ojos fijos en un ramo de flores que había en ella colocado en una hermosa jarra de porcelana, Florencia no veía las flores, ni sentía la impresión de sus perfumes, aletargada por la influencia de su propio pensamiento, que le estaba repitiendo, palabra por palabra, cuantas acababa de oír salir de boca de doña María Josefa; al mismo tiempo que dibujaba a su capricho la imagen de esa Amalia a quien creía estar viendo bajo sus verdaderas formas.

La abstracción de su espíritu era tal, que sólo conoció que habían abierto la puerta del salón, a la que daba la espalda, y entrado alguien en él, cuando la despertó de su enajenamiento el calor de unos labios que imprimieron un tierno beso sobre su mano izquierda, apoyada en el perfil de la mesa.

—¡Daniel! —exclamó la joven, volviéndose y retrocediendo súbitamente.

Y ese movimiento fue tan natural, y tan marcada la expresión, no de enojo, sino de disgusto, que asomó a su semblante, y tan notable la palidez de que se cubrió, en vez de esos ramos de rosas con que asoma el pudor de las mejillas de una joven en tales casos, que Daniel quedó petrificado por algunos instantes.

—Caballero, mi mamá no está en casa —dijo luego Florencia con un tono tranquilo y lleno de dignidad.


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