Amalia

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—Señores —continuó Salomón—, ya sabemos todos que anoche han querido escaparse unos salvajes unitarios, y no lo han conseguido porque el señor comandante Cuitiño se ha portado como buen federal; pero entretanto, uno se ha escondido no sé en dónde, y así ha de ir sucediendo todos los días, si no nos portamos como defensores de la santa causa de la Federación. Yo he llamado a ustedes para que juremos otra vez perseguir a los inmundos salvajes unitarios que quieren fugarse para Montevideo y unirse al pardejón Rivera y venderse al oro asqueroso de los franceses. ¡Esto es lo que quiere nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes! He dicho, y ¡Viva el Ilustre Restaurador de las Leyes! ¡Y mueran todos los enemigos de la santa causa de la Federación!

—¡Mueran a puñal los salvajes inmundos unitarios! —gritó otro de los entusiastas federales, y este grito y todos los de costumbre se repitieron por diez minutos tanto en la sala de sesión, como en la calle, donde había apiñada a las ventanas una multitud tan entusiasta y honrada como la que daba la fiesta en la casa del coronel Salomón.

—Pido la palabra —dijo el comandante Cuitiño, levantándose.

—Tiene la palabra —contestó Salomón, deshaciendo el tabaco de un cigarrillo en la palma de su inmensa mano.


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