Amalia

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—¿Piedad? ¿La tenéis vosotros, sacerdotes ensangrentados de esa herejía política a que llamáis Federación? ¿Qué habéis dejado sin ofender? ¿Qué habéis dejado sin humillar y ensangrentar? ¿Qué piedra no os ha pedido piedad en la terrible noche de delitos que habéis levantado sobre el cielo de vuestra patria?

—¡Piedad, piedad!

—En pie, miserable, en pie —dijo Daniel, sacudiendo a Gaete y arrimándolo contra la pared.

—La llave de esta puerta que tenéis en vuestro bolsillo —dijo Daniel, con una voz que no admitía réplica, y en el acto la llave empezó a martillar sobre su brazo, pues que la mano que la entregaba temblaba horriblemente.

Daniel tomó la llave, arrastró a Gaete hacia la puerta de la sala, que daba al zaguán, la abrió y dióle a su reo un empujón tal, que le hizo ir rodando y caer estrepitosamente en medio de la pieza. Cerró la puerta y:

—Pronto, ahora… ¿dónde está usted? —dijo.

—Aquí —contestó Don Cándido, desde el medio del patio.

—Venga usted, con mil diablos.

—Salgamos de esta casa —dijo Don Cándido, acercándose a su discípulo y tomándose de su brazo.


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