Amalia
Amalia Daniel tocaba ya la puerta de la calle y buscaba la cerradura para abrirla, cuando de la parte exterior otra llave entró en ella y abrióse la puerta.
—¡Santos y querubines del cielo! —exclamó don Cándido, abrazándose de la cintura de Daniel.
—Afuera, afuera —dijo Daniel, casi al oído de la persona que acababa de abrir la puerta, a quien había conocido a la escasa claridad de la noche, como a tres otras más que venían con ella: las cuatro eran mujeres. Y arrastrando hacia la vereda a don Cándido, cerró la puerta, y dando la llave a la persona primera a quien había hablado:
—Es necesario que no entre usted a su casa hasta dentro de un cuarto de hora: el cura Gaete está en la sala —le dijo.
—¡El cura Gaete! ¡Dios mío! ¡Una tragedia en mi casa!
—No sabe quién soy; pero si se le abre la puerta podrá seguirme.
—¡Dioses inmortales!