Amalia
Amalia —Sostendrá usted —continuó Daniel, embozándose en la capa y hablando quedo para no ser visto ni oído de las otras mujeres— que no sabe ni quién soy, ni cómo he entrado: un solo mal rato sobre mí lo comprará usted bien caro, doña Marcelina, pero, como hemos de ser siempre buenos amigos, mientras el reverendo cura descansa en la sala, vuelva usted a las tiendas y compre algo a las niñas —dijo Daniel, poniendo un rollo de billetes de banco en la mano de doña Marcelina, y en seguida atravesó la calle, se reunió a don Cándido, que lo esperaba en la vereda opuesta, y tomándolo del brazo, se sumergió en la oscura y solitaria calle de Cochabamba.