Amalia
Amalia Los jóvenes ciudadanos, salidos de la nueva jerarquía social, introducida por el Restaurador de las Leyes, pensaban, con la mejor buena fe del mundo, que no había nada de más elegante, ni cortés, que andar regalando yemas y bizcochitos a las señoras.
Y por último, las damas, unas porque allí estaban a ruego de sus maridos, y éstas eran las damas unitarias; otras porque estaban allí enojadas de no encontrarse entre las personas de su sociedad solamente, y éstas eran las damas federales; todas estaban con un malísimo humor: las unas despreciativas, y celosas las otras.
La señorita hija del gobernador acababa de llegar, y estruendosos aplausos federales la acompañaron por las galerías y salones.
Su asiento en la testera del salón quedó al punto rodeado por una espesa muralla de buenos defensores de la santa causa, que alentados con la presencia de la hija de su Restaurador, empezaron a sacarse los guantes que habían encarcelado por tanto tiempo sus manos habituadas al aire puro de la libertad.
Las buenas hijas de la restauración, unas en pos de otras, se acercaban a cumplimentar al primer eslabón de su cadena social.