Amalia
Amalia A otras de las damas se les ocurría pasar al tocador, al entrar la señorita Manuela, a otras dar un paseo por las salas, otras, en fin, menos disimuladas, se dejaban estar graciosamente en sus sillas, sin cuidarse de la entrada de nadie. Manuela, sin embargo, ni se fijaba en el despego de las unas, ni se envanecía con las adulaciones de las otras.
Amable con todos, comunicativa y sencilla, Manuela se atraía también las miradas y el aprecio de los pocos hombres que allí había capaces de juzgar sin pasión a esa pobre y primera víctima de su padre.
Vistiendo un traje de tul blanco sobre otro de raso color rosa, con adornos de cintas del mismo color en su cabeza y en su seno, ella no radiaba de lujo como otras, pero estaba elegante y «buena moza», como se dice para definir ese término medio entre lo bello y lo regular.
A pocos minutos de la llegada de Manuela, se presentó la señora doña Agustina Rosas de Mansilla[67]; y todas las miradas se volvieron a ella. Aquí no era el temor ni la adulación, era la expresión franca de la admiración por la belleza lo que inspiraba entusiasmo a los hombres y admiración a las damas.
Aquí debemos especializar la ligerísima observación que estamos haciendo, porque el objeto bien merece la pena de escribirse y de leerse.