Amalia
Amalia »La emigración deja en poder de las mujeres, de los cobardes y de los mazorqueros la ciudad de Buenos Aires, es decir, señores, el punto céntrico de donde parten los rayos del poder de Rosas.
»¿Tres o cuatrocientos hombres aseguran acaso el triunfo del general Lavalle, alistados en las filas de su ejército? Pues bien, señores, tres o cuatrocientos hombres de corazón son bastantes para levantar la ciudad y colgar de los faroles de las calles a Rosas y su Mazorca el día que los aturda la noticia de la aproximación de cualquiera de los ejércitos libertadores.
»No podemos reconquistar los que se han ido; pero a lo menos paremos el curso de esa copiosa emigración que va a buscar lejos una libertad que puede encontrarla a su lado, cuando alce su brazo armado sobre la cabeza del tirano.
»¿Hay peligros en permanecer en Buenos Aires? ¿Habrá peligros y sangre el día que demos el primer grito de libertad? Pero, señores, ¿no hay peligros y sangre en los ejércitos? ¿No hay miseria y humillación en el destierro?