Amalia
Amalia »Entretanto, es una verdad indisputable lo que ha dicho mi querido amigo: es decir, que serÃa más oportuno y eficaz buscar en la persona única de Rosas el exterminio de la tiranÃa. Decidme si es posible establecer la asociación y seré el primero en desechar toda idea de abandonar el paÃs.
Un silencio general sucedió a este discurso.
Todos los jóvenes tenÃan fijos sus ojos en el suelo. Sólo Daniel tenÃa su cabeza erguida, y sus miradas estudiaban, una por una, la fisonomÃa de los jóvenes.
—Señores —dijo al fin—, mi querido Belgrano ha hablado por mà en cuanto al espÃritu de individualismo que por desgracia de nuestra patria ha caracterizado siempre a los argentinos. Pero los males que ha traÃdo esa falta de nuestra vieja educación, es la mejor esperanza de que nos enmendaremos de ella, y el incitaros a la asociación, después de iniciaros la necesidad de permanecer en Buenos Aires, era la segunda parte del pensamiento que me ha conducido a este lugar. Habéis convenido conmigo en que debemos esperar los sucesos en Buenos Aires; justo es que convengáis también en que, si esos sucesos nos encuentran desasociados, en bien poca parte les podremos ser útiles.
»Además, nos encontramos hoy sobre el cráter de un volcán que fermenta, que ruge, y cuya explosión no está distante.