Amalia
Amalia Amalia estaba aturdida de la candidez de la bella porteña, y de cuando en cuando, con los ojos, interrogaba a Daniel sobre la especie de señora que tenía a su lado. Agustina, sin embargo, nada notaba de semejantes miradas. Las suyas inspeccionaban hasta la costura del vestido de Amalia.
—Yo quiero que seamos muy amigas —le dijo Agustina, después de haberle preguntado si sabía dónde encontraría, para comprarla, una perla semejante a la que tenía en su cabeza.
—Será para mí un grande honor, señora, el disfrutar de la amistad de usted —le contestó Amalia.
—Hace mucho tiempo que deseaba esta ocasión —prosiguió Agustina—, y ya había pensado el ir a casa de usted aunque nadie me presentase; porque yo soy así, soy muy franca con mis amigas. Y me ha de mostrar usted todo cuanto tiene, ¿no es verdad?
—Con el mayor placer.
—Aquí no hay nada hoy; las tiendas están vacías, y si no hubiera sido por Florencia, no hubiera hoy tenido un vestido con qué venir al baile. Ahora sólo llegan de encomienda los vestidos de Francia. Pero es preciso tener quien los mande de allí, ¿no es verdad?
—¡Ah, sin duda!