Amalia
Amalia —Pues eso mismo le digo yo a Mansilla todos los días; ¡pero qué! ¡Si es lo mismo que si hablara con la pared! ¡Qué feliz fue usted con su marido! Dicen que todo lo que usted tiene se lo hizo traer de Francia, ¿es cierto?
—Sí, señora, es cierto.
—¡Oh, qué felicidad!
La conversación siguió, poco más o menos, sobre los asuntos que hacían en esa época el mundo, el paraíso de Agustina. Daniel iba a tomar parte en la conversación para darle otro giro, cuando se interpusieron entre él y Agustina un caballero negro y gordo y bajo, y una señora alta y gorda y blanca, que eran nada menos que el señor Rivera, doctor en medicina y cirugía, y su esposa doña Mercedes Rosas, hermana también de Su Excelencia el gobernador.
No lucía tanto en esa señora el vestido de raso color sangre que traía puesto, con guarniciones de terciopelo negro, ni los grandes zarzillos de topacio, ni los hilos de coral que traía al cuello, como lucían sobre el blanquísimo cutis de su rostro unos rizados lunares rubios, cuya exuberancia se ostentaba con más esplendidez en la redonda y turgente barba.