Amalia

Amalia

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Esta señora, cuya vocación eran las Musas, y cuyos instintos eran por la democracia, paróse entre Agustina y Amalia, no como si acabara de beber un vaso de agua de la fuente Hipocrene, sino como si acabase de sorber cuatro grandes tazas de la ponchera de Hoffmann; es decir, que la buena señora del médico Rivera tenía la cara roja y no rosada, y que por los carrillos, que habrían dado envidia al mejor guardián del buen economista San Francisco, caían en hilo unas líquidas perlas que, filtrando por los abiertos poros de las sienes, bajaban como rocío a humedecer los redondos y blanquísimos hombros.

—¡Che[76], te he andado buscando por todas partes! —le dijo a su hermana Agustina.

—Bien, ya me has hallado; ¿qué quieres?

—Sudando estoy, mujer; vamos a la mesa.

—¿Ya?

—Sí, ya. ¿Cómo está usted, señor Bello?

—Señora, estoy a los pies de usted.

—¿Y qué se ha hecho que no se le ve en ninguna parte? Enamorando a todas. ¿Ésta es su prima?

—Sí, señora, la señora Amalia Sáenz de Olabarrieta, y tengo el honor de presentársela a usted.


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