Amalia

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Mientras el coche descendía lentamente la empinada barranca que lleva el nombre del bravo almirante que sostuvo la guerra marítima de la República con el Imperio del Brasil, porque estaba cerca de ella la casa de su habitual residencia, Amalia refería a Eduardo todas las ocurrencias del baile; todas las cosas incomprensibles que se habían presentado a sus ojos, las vacilaciones en que se había encontrado su espíritu; y la violencia que se había hecho para sobrellevar aquellas dos largas horas en que por la primera vez de su vida se había encontrado entre gentes y ocurrencias tan ajenas de sus gustos y de su educación.

Tal era el asunto de la conversación de los dos jóvenes y ya el carruaje se aproximaba a la capilla de Santa Lucía para tomar la calle Larga, cuando cerca del ángulo que forman allí los dos caminos que se encuentran, fue alcanzado por tres jinetes que, a todo el correr de sus caballos, habían bajado la barranca del general Brown y seguido la misma dirección que traía el coche.

La intención de estos hombres se hizo bien manifiesta desde el momento; dos de ellos flanquearon los caballos del coche y cruzaron los suyos con tal prontitud, que Pedro tuvo que tirar la rienda a los que dirigía.

El otro de aquéllos acercó su caballo al estribo del coche, y con una voz blanda, pero algo trémula por la agitación de la carrera, dijo:


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