Amalia

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—Somos gente de paz, señora; yo sé que va usted perfectamente acompañada con el señor Bello; pero los caminos están muy solos, y me he apresurado a correr tras el carruaje para tener el honor de ofrecer a usted mi compañía hasta su casa.

El coche estaba parado.

El viejo Pedro se inclinaba sobre el pescante cuanto posible le era, midiendo bien la cabeza de uno de los dos hombres a caballo que estaban junto a los del coche, para hacerle el obsequio de introducirle en ella una onza de plomo perfectamente esférica, que traía guardada entre el cañón de una pistola de caballería que hizo su buen papel en media docena de ciertos dramas que se representaran veinte años antes.

El criado de Eduardo estaba ya pronto a tirarse de la zaga y tomar la medida del primero que llegase a sus manos, con un grueso bastón de tala que previsoramente había colocado entre las presillas del estribo, y que de ellas había pasado a sus manos desde el momento en que se paró el coche.

Eduardo no tenía más armas que un pequeño puñal en el bastón en que se apoyaba al andar.

El individuo que había hablado estaba cubierto con un poncho oscuro, y vuelto hacia los faroles del coche, ninguna claridad daba en su rostro.


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