Amalia

Amalia

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Ni Amalia ni Eduardo conocieron la voz que había hablado. Pero hay en las mujeres todas de este mundo una facultad de adivinación admirable, que las hace comprender entre un millón de hombres, cuál es aquel en que han hecho impresión con su belleza; y en las circunstancias más difíciles y más extrañas una mujer sabe al momento adivinar, si ella hace parte allí, y de dónde o de quién podrá surgir el misterio que los demás no comprenden.

Y no bien acabó el desconocido de pronunciar su última palabra, cuando Amalia se inclinó al oído de Eduardo y le dijo:

—Es Mariño.

—¡Mariño! —exclamó Eduardo.

—Sí, Mariño…, es un loco.

—No; es un pícaro… Señor —dijo Eduardo, alzando la voz—, esta señora va perfectamente acompañada y suplico a usted tenga la bondad de retirarse, y ordenar que hagan lo mismo los que han detenido los caballos.

—No es a usted a quien yo me he dirigido, señor Bello.

—Aquí no hay nadie de ese nombre; aquí no hay más que…


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