Amalia

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—¡Silencio, por Dios! Señor —continuó Amalia, dirigiéndose a Mariño—, doy a usted las gracias por su atención, pero repito las palabras de este caballero, y suplico a usted quiera tener la bondad de retirarse.

—Esto es demasiado. Se ha empleado dos veces la palabra suplicar —dijo Eduardo, sacando la mano por uno de los postigos del coche para abrir la puerta; pero Amalia asióse de su brazo y, por un esfuerzo sobrenatural, lo volvió a su asiento.

—Me parece que ese señor está poco habituado a tratar con caballeros —dijo Mariño.

—Caballeros que paran los carruajes a media noche bien pueden ser tratados como ladrones. Pedro, adelante —gritó Eduardo, con una voz metálica y tan entera, que los dos hombres que estaban al lado de los caballos no se atrevieron a pararlos, sin nueva orden del que parecía comandarlos, cuando Pedro dio un latigazo a los caballos, muy dispuesto a hacer uso de su pistola si alguien continuaba a estorbar la marcha del carruaje de su señora.

El comandante Mariño, pues que no era otro que él, picó su caballo en el acto de romper el coche, y siguiendo a su lado a gran galope, pudo hacer oír de Amalia estas palabras:


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