Amalia
Amalia —Sepa usted, señora, que no he querido hacer a usted ningún mal, pero se me ha tratado indignamente, y esto no lo olvida con facilidad el hombre que ha recibido ese insulto.
Dichas estas palabras, Mariño suspendió su caballo y volvió a la ciudad por la barranca de Balcarce, mientras Amalia, cinco minutos después, entraba a su salón del brazo de Eduardo, algo pálida y descompuesta por la reciente escena.
En el gabinete contiguo al salón, y que se comunicaba con la alcoba de Amalia, dormida estaba sobre un pequeño sofá la tierna compañera de la joven, halagada por el dulce calor de la chimenea en aquella noche cruda de los últimos días de mayo, sobre el que tanto se había precipitado el invierno de 1840.
A un lado de la chimenea estaba preparado el té en el rico servicio de porcelana de la India que hemos descrito en la alcoba de Amalia, sobre la pequeña mesa de nogal.
El mismo Eduardo quitó de los hombros alabastrinos de la joven la capa de terciopelo azul que los cubría, y quedóse extasiado largo rato, contemplando aquella belleza casi ideal, cuyos encantos acababan de ser admirados y ambicionados por tantos hombres, y de cuya posesión él abrigaba en su alma una risueña esperanza desde la mañana de ese mismo día.