Amalia
Amalia Pero todo esto no se veía entonces. La ciudad oriental estaba en sus quince años; bella, radiante, envanecida, su vida era un delirio perpetuo, jugando entre el jardín de sus esperanzas, cubierta con las lujosas galas de su presente. Pisando sobre el oro, deslumbrada con el mar de grana en que se mostraba su aurora sobre el magnífico horizonte que la circundaba, sus oídos parecían no buscar otra cosa que el canto de los poetas, y los halagos sinceros de sus envanecidos hijos; porque la verdad filosófica, esa triste verdad que descarna la vida social para encontrar en la savia de la existencia los principios de la vida futura, era demasiado severa, demasiado dura, para entrar al oído de la joven beldad, que cantaba llena de esa noble presunción de la edad primera de los pueblos:
Si enemigos, la lanza de Marte
si tiranos, de Bruto el puñal[86].
En un ángulo del gran salón del café, dos hombres ocupaban una pequeña mesa.
El uno, cubierto con una capa de goma cuyo alto cuello le cubría hasta las orejas a la vez que su sombrero tocaba con las cejas, tomaba una taza de té, dando la espalda a la pared y su rostro al centro del salón.
El otro, con gorra y un capote de barragán azul, tenía por delante un gran vaso de ponche, y se entretenía en exprimir las rebanadas de limón con la pequeña cuchara de platino.