Amalia

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Ninguno de esos dos personajes se hablaban una palabra.

A derecha e izquierda de ellos había varias mesas, ocupadas todas por hombres que jugaban al dominó, que tomaban café o fumaban y conversaban solamente.

De estos últimos eran cinco individuos que estaban a dos pasos de los primeros que hemos descrito.

De repente abrióse la puerta del café, y cuatro personas entraron al salón.

Los ojos del personaje de la capa de goma radiaron de alegría.

—Alberdi, Gutiérrez, Irigoyen, Echeverría —dijo aquel individuo, siguiendo con los ojos a los cuatro que acababa de nombrar, no saciándose de mirarlos.

—¿Los conoce usted, señor don Daniel? —le preguntó el hombre de la gorra.

—¡Oh!, sí, sí, y crea usted, míster Douglas, que pocos esfuerzos más violentos he hecho en mi vida, que el que hago en este instante sobre mí mismo para contener mi deseo de abrazarlos.

—¡Diablo! Déjese usted estar; acuérdese usted que esta noche nos vamos, y…

—Esté usted tranquilo —dijo Daniel, alzándose los cuellos de su capa para cubrirse más el rostro.


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