Amalia
Amalia MÃster Douglas iba a hablar, cuando le hizo Daniel una seña de silencio. Uno de los cuatro hombres, que estaban fumando en la mesa a su derecha, acababa de decir:
—Son porteños.
Daniel siguió tomando su té, aparentando no dar la mÃnima atención a lo que se hablaba.
—¿Y qué necesidad tiene usted de decirnos que son porteños? ¿Hay, acaso, otra cosa que ellos en todas partes? —dijo otro de los individuos.
—Por ellos vivimos como vivimos.
—Cabal.
—Que no nos entendemos.
—Deje que venga el viejo —dijo un militar de bigotes canos.
—¿Sabe usted a quién llaman el viejo, mÃster Douglas?
—A Rivera.
—¿Qué tenemos nosotros que ver con Rosas? —dijo otro—. Si no fuera por ellos no estarÃamos en guerra, porque a nosotros no es a quienes busca Rosas.
—Cabal.