Amalia
Amalia A las siete de la noche del día siguiente a aquel que ha pasado ya por nuestra pluma, el café de don Antonio estaba cuajado de concurrentes, siendo la mayor parte de ellos jóvenes argentinos y orientales que iban allí a tomar su café, a hablar de política y pasar en seguida a sus visitas diarias, al teatro, al baile, contentos los primeros con la esperanza de estar al siguiente mes en Buenos Aires; y más contentos los segundos, con estar en su patria, muy convencidos de que de ella no les arrojaría jamás el vendaval de las revoluciones que estaban azotando con sus alas frenéticas las nubes que se amontonaban sobre la frente del Plata, prontas a precipitar, más o menos tarde, su abundante lluvia de lágrimas y sangre.