Amalia
Amalia —¡Pero como tienen quien los proteja! Vásquez, por ejemplo.
—Y como Muñoz, y muchos otros.
—¡Por supuesto, orientales en el nombre!
—¡Si se han criado entre ellos!
El diálogo de los cinco personajes continuó, poco más o menos bajo ese mismo espíritu.
Daniel estaba absorto. De cuando en cuando miraba a míster Douglas, que entendía y hablaba perfectamente el español, y el buen escocés, contrabandista de emigrados y que residía indistintamente en Buenos Aires o Montevideo, se reía de la admiración de Daniel y tomaba su ponche.
—Sólo Vásquez puede enderezar esto —dijo a otro un individuo que tomaba café en una mesa, a la izquierda de Daniel.
—No, ni Vásquez, ni nadie, porque la causa del mal está en Rivera —le contestó su interlocutor.
—Pero, a lo menos la Asamblea.
—¿Y no sabe usted que los partidarios personales de Rivera se oponen a las elecciones so pretexto de que no deben hacerse sin estar él aquí?
—Ya lo sé, pero el gobierno los vencerá y las elecciones tendrán lugar.