Amalia

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—Esto es peor que lo otro, porque vendrá el conflicto: nuevas disidencias, nuevos enconos de partido, y entretanto los blancos se ríen, mientras nosotros nos anarquizamos en nuestro partido; nos peleamos con los argentinos, cuya causa nos es común; nos indisponemos con los franceses, y en todo y para todo perdemos tiempo, dinero y amigos, mientras Rosas marcha adelante, y los blancos esperan.

—¡Gracias a Dios que oigo un hombre racional! —dijo Daniel.

«Pero aquí hay más que espíritu de partido —dijo el joven, conversando consigo mismo—, aquí hay espíritu de rivalidad nacional; ¿y por qué? Probablemente no hay porqué —se respondió Daniel, que, como todos los hijos de Buenos Aires, jamás había oído en su país hablar de Montevideo sino como se habla de cualquiera de las provincias o de las repúblicas hermanas: siempre con los mejores deseos por la felicidad de sus hijos, y sin el mínimo espíritu de celos o de encono—. ¡Pero en qué momento pasan estas cosas! —se decía Daniel—. En este drama hay alguien que no lo entiende, y es probable que ése sea yo, porque no me atrevo a decir que son los otros».

—Vamos, míster Douglas, van a dar las ocho de la noche —dijo, mirando la grande péndola del café.


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