Amalia
Amalia —Pero usted, ¿cómo lo sabía?
—¡Bah! Porque yo lo conozco a usted, y desde que vi que usted tenía interés «político» en ese asunto —dijo doña María Josefa, marcando irónicamente las últimas palabras—, me presumí que no se había de estar usted durmiendo en las pajas.
—Prosiga usted —dijo Mariño, admirando en su interior la astucia de aquella mujer.
—Mi emisario dijo a la negrilla, pues, que la casa era sospechosa, que la vigilaban, y que si ella sabía alguna cosa, se congraciaría mucho conmigo viniendo a avisármela; pudiendo decir después que era más federal que muchas blancas que tratan de humillar a la pobre gente de color, sin prestar ningún servicio a la Federación. La negrilla no se hizo de esperar: se vino a verme y, como si la cosa naciera de ella misma, me refirió cuanto sabía.
—¿Y qué es lo que sabe?
—Que allí hay un hombre joven y muy buen mozo —contestó Doña María Josefa, poniendo de su parte aquellas calidades para no perder la ocasión de mortificar al prójimo.
—¿Y bien?
—Que es muy buen mozo; que se pasea por la quinta abrazado con la viuda.
—¿Abrazado o del brazo?