Amalia

Amalia

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—La conozco.

—Y yo también lo conozco.

—¿Es decir que nos conocemos?

—Pues, prosiga, Mariño.

—Eso fue lo único que dije a usted, creyendo que no me rehusaría usted este servicio; usted, que todo lo sabe y que todo lo puede.

—Pues bien, ahora va usted a oír todo lo que yo he hecho y conocerá usted si soy su amiga. Hace mucho tiempo que sé que esa mujer de Barracas vive muy retirada y, por consiguiente, debe ser unitaria.

—¡Oh, quién sabe!

—No, unitaria, fijo.

—Bien, prosiga usted.

—Me dijo usted que creía que había un hombre oculto.

—Lo sospeché solamente.

—No, claro, oculto; yo sé lo que me digo.

—Adelante.

—Mandé una de las personas de mi servicio a indagar por el barrio con ciertas instrucciones mías. En la acera de la casa hay una pulpería, en la pulpería una negrilla criolla; mi emisario habló con ella; le dijo que la casa de la viuda era sospechosa; que se fijase que de noche andaba gente vigilando la casa.

—¿Y cómo lo sabía su emisario de usted?

—Porque yo se lo dije.


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