Amalia
Amalia —Abrazado o del brazo, no me acuerdo cómo dijo la negrilla. Que toman café juntos bajo de un sauce, que él mismo le tiene la taza para que ella lo tome; y que allí se están hasta que viene la noche, y…
—¿Y qué? —dijo Mariño, ardiéndole la sangre e inyectados de ella sus oblicuos ojos.
—Y que…
—Prosiga usted, señora.
—Pues viene la noche y…
—¿Y?
—Y que después ya no los ve más —dijo doña María Josefa, con una expresión de un contentamiento indefinible.
—Bien —dijo Mariño—, pero hasta ahora no sacamos en limpio sino que en esa casa hay un hombre, y es lo mismo que yo dije a usted hace quince días.
—Eso de que nada sacamos en limpio, no es del todo cierto. Hace quince días que usted deseaba saber algo de esa casa y quién era ese hombre; usted sólo era el interesado, pero desde ayer el asunto es de los dos, la mitad mío y la mitad de usted.
—Desde ayer, ¿y por qué?
—Porque desde ayer he tomado varios informes, y se me ha fijado una idea en la cabeza; no sé por qué me parece que voy a dar con cierto pájaro; en fin, éste es un asunto mío, y por mí, por mí sola, lo he de saber y pronto.