Amalia
Amalia —Pero más que saber quién es ese hombre, me interesa saber qué especie de relación tiene con la viuda, y éste es el servicio que yo espero de usted; porque es preciso que usted sepa que esa casa es un convento; no se ven jamás ni las puertas ni las ventanas abiertas y, para mayor misterio, los criados parecen mudos. En tres semanas no han entrado a ella más personas que la joven de Dupasquier, tres veces; Bello, el primo de la viuda, casi todas las tardes, y Agustina cuatro veces.
—¿Y por qué no se ha hecho usted amigo de Bello?
—Es un muchacho buen federal, pero muy orgulloso; no me gusta.
—¿Y por qué no ha visto usted a Agustina para que lo lleve?
—No quiero dar tanta publicidad a este asunto. Es una ganancia política que yo quiero hacer con usted sola.
—¿Política, eh? ¡Ah, tunante! Pero hace bien; tiene buen gusto; dicen que la viudita es preciosa.
—Ah, señora, no hablemos de eso.
—¿Y qué más quiere la zonza?
—¡Oh!