Amalia
Amalia —¡Bah! Es usted un pobre hombre lleno de melindres. Vamos a ver: ¿se contenta usted con que ella venga a pedirme algún servicio dentro de pocos días, y con que yo se la recomiende a usted y se la envíe a la imprenta o a alguna casita por ahí?
—¿Me habla usted de veras? —preguntó Mariño, acercándose más a la vieja, relampagueándole los ojos.
—¡Ah, picarón, cómo se alegra! Así ha de ser, y nada será más fácil si yo no me he equivocado en cierta sospechita que tengo. Déjeme usted hacer solamente y, dentro de tres o cuatro días, asunto concluido, o salimos bien o salimos mal.
—Mi amiga —dijo Mariño, con un tono lleno de amabilidad—, yo sólo quería de usted el que, con su poderosa influencia, con su talento que no tiene rival, se hiciera usted necesaria a esa señora, y usted parece que ha adivinado mis deseos. Hoy por mí, y mañana por ti, como dice el refrán.
—No, pues mire usted, Mariño: en este asunto me parece que voy a hacer menos por usted que por mí; si me sale cierto lo que sospecho, creo que le voy a dar un golpe de muerte a Victorica en la opinión de Juan Manuel.
—¿Luego, aquí hay algo serio? —dijo Mariño, un poco intrigado.