Amalia
Amalia —Puede ser, pero no tema usted nada por la viudita, la hemos de sacar en palmas; entretanto, ¿con qué va usted a pagarme mi servicio?
—¿Quiere usted que le mande desde mañana cien ejemplares de La Gaceta, para distribuirlos entre nuestros buenos servidores?
—Ya lo entiendo, picaruelo, me ha comprendido usted, y les va a dar duro a ellos y a ellas, ¿eh?
—Creo que quedará usted contenta.
—Y si no, no me contente.
—Otra cosa, hágame usted el favor, señora, de no hablarle una palabra de estos asuntos a mi mujer.
—¡No sea criatura! Si son bromas mÃas —y soltó una de aquellas estrepitosas carcajadas que el diablo le inspiraba, haciéndola gozar del mal que hacÃa.
—Bien, bromas o no bromas, es mejor que no se repitan: yo se lo suplico a usted —dijo Mariño, quien, a pesar del favor en que estaba con el dictador, creÃa muy conveniente el suplicar a aquella mujer, cuyas armas eran generalmente irresistibles.
—Bueno: vaya nomás, no tenga cuidado, si yo doy con cierta cosa, usted ha de dar con la viuda; pero con una condición.
—Póngala usted.
—¿Palabra de honor?
—Palabra de honor.