Amalia

Amalia

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—Pues bien; si yo doy con cierta cosa con que no ha podido dar Victorica, yo se la mando a usted a su cuartel de serenos, y usted la recibe, ¿entiende usted?

—¿A quién? ¿A la viudita?

—¡No, qué a la viuda!

—Pues ¿a quién mandará usted a mi cuartel?

—A la cosa que ando buscando, y que espero hallar.

—¡Ah!

—¿Entiende usted ahora?

—Entiendo —contestó Mariño, con una sonrisa indefinible, comprendiendo que se trataba de alguna víctima, pues que el hombre que entraba a su cuartel de serenos, no salía de allí sino para la eternidad.

—¿No digo? Si hemos de ser muy amigos, Mariño.

—Hace tiempo que lo somos —contestó éste, levantándose.

—Sí, y de todo corazón. ¿Conque se va?

—Y volveré, ¿cuándo?

—Dentro de cuatro o cinco días.

—Hasta entonces, pues.

—Adiós, Mariño, hasta entonces; memorias a su mujer, y no haga caso de las zonceras que le diga.

—Adiós, señora —le dijo el redactor, casi admirado de no ver salir de aquellos labios sino palabras empapadas en algún veneno diferente.


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