Amalia

Amalia

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Solos, entre el misterio y el peligro, entre la naturaleza y la soledad, almas formadas para lo más sublime y tierno de la poesía y del amor; noble, valiente y generosa la una; tierna, poética y armoniosa la otra, Eduardo y Amalia habían atado para siempre su destino en el mundo con las fibras más íntimas y sensibles de su corazón; y si la felicidad en la tierra no es un sueño con el cielo, que domina la imaginación en el tránsito fugitivo de la cuna a la tumba, la felicidad, con todo el esmalte caprichoso con que la engalana la fantasía, había aletargado el espíritu de los dos jóvenes, y hécholes oír, ver, tocar, en los raptos de poesía y entusiasmo, todo cuanto la mente concibe que puede encontrarse en la existencia soñada de la felicidad eterna, porque en medio de la ventura, Eduardo había respetado a Amalia, y Amalia no veía una sombra en el cristal purísimo de su conciencia.

Sin embargo, estaba convenido entre ambos, que Eduardo volvería a la ciudad, debiendo dentro de pocos meses reunirse para siempre. Pero él no estaba perfectamente bueno de su herida en el muslo. Podía caminar sin dificultad, pero conservaba aún gran sensibilidad en la herida, y esto y los ruegos de Daniel habían demorado un poco más el día de la separación, si cabía separación en quienes debían volverse a ver a cada instante.


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