Amalia

Amalia

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Madama Dupasquier y su hija sentían por Amalia el cariño que ella inspiraba a cuantos tenían la felicidad de acercársele y comprenderla; pero el riguroso invierno de 1840, que había puesto intransitables los caminos, impedía que madama Dupasquier fuese a Barracas tan a menudo como lo deseaba.

Por su parte, Daniel, el hombre para quien no había obstáculos en la naturaleza, ni en los hombres, veía a su prima y a su amigo casi todos los días; y era en Barracas y en lo de su Florencia donde su corazón y su carácter podían explayarse tales como la Naturaleza los hizo; allí era tierno, alegre, espirituoso, burlón y mordaz a veces; fuera de allí, Daniel era el hombre que conocemos en política.

Por último, la señora doña Agustina Rosas de Mansilla había repetido su visita a Barracas cuatro veces, teniendo la indulgencia de aceptar las disculpas de Amalia por no haberle pagado ninguna de sus visitas todavía. Amalia no buscaba esta relación, le disgustaba al principio, pero últimamente había conocido que Agustina era una mujer inofensiva, cuya amistad en nada la comprometía, en tanto que Agustina la divertía, al mismo tiempo que le daba ocasión para admirar una obra casi perfecta de la Naturaleza, porque el sentimiento de lo bello era el más desenvuelto en el espíritu de Amalia.


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