Amalia
Amalia —¡Bah, palabras bonitas de los unitarios!
—¡Oh, nada más! —contestó el dócil ministro de la Gran Bretaña.
—¿Sabe algo más?
—La anarquía entre Rivera y los emigrados argentinos, entre Rivera y Lavalle, entre los amigos del gobierno delegado y Rivera, y entre todo el género humano continúa haciendo prodigios en la república vecina.
—Ya lo sé; ¿y de Europa?
—¿De Europa?
—Sí, no hablo en griego.
—Creo, Excelentísimo señor, que la cuestión de Oriente se ha complicado más, y que las oficiosidades del gobierno de mi soberana darán una pronta y feliz solución a la injusta cuestión promovida por los franceses al gobierno de Vuecelencia.
—Eso mismo me decía usted hace un año.
—Pero ahora tengo datos positivos.
—Los de siempre.
—La cuestión de Oriente…
—No me hable más de eso, señor Mandeville.
—Bien, Excelentísimo señor.
—Que se los lleve el diablo a todos es lo que yo deseo.
—Los negocios están muy gravemente complicados.
—Sí, está bueno ¿y no sabe más?