Amalia
Amalia ¡Paisanos! No permitamos que el sol de América, su Dios en otro tiempo, desde su alto cenit nos diga: «Dejad esa tierra que no debéis pisar, no merecéis que os alumbre: los sepulcros que ha más de trescientos años abristeis son más dignos que vosotros de mi claridad y esplendor». Amigos: no, no es posible; hagamos por no merecer tan humillante como justa reconvención; principiemos por ser libres, abramos las puertas a todos los desgraciados, enjuguemos las lágrimas de tantas madres y esposas abandonadas a la orfandad y miseria, consolémoslas en su amargo llanto; pero enristremos nuestras lanzas contra los desnaturalizados que intentan sofocar en nuestro corazón tan dulce sentimiento. No confiemos más la suerte de nuestra patria a los caprichos y venganzas de un hombre solo, carguemos sobre nuestros propios hombros el peso grave de nuestros destinos. Nos falta mucho, es verdad; pero sabed que la sinceridad y la buena fe son preferibles a las letras dolosas y a la filosofía armada: adornados con aquellas cualidades, arrojémonos a plantar el árbol santo de la libertad, garantizada por una constitución, ante la cual el grande, el pequeño, el fuerte, el débil, queden asegurados en sus derechos y propiedades.
Tales son los votos que animan a vuestro compatriota y amigo
TOMÁS BRIZUELA.
Está conforme. — Ersilvengoa.